Sacramento de la Confesión

En la Basílica se podrá recibir el sacramento de la confesión media hora antes de cada Misa y los domingos media hora antes y durante la Misa.

 

SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN

También se denomina Sacramento de la Confesión o Sacramento del Perdón.

El pecado no tiene la última palabra. La confesión nos permite reconciliarnos continuamente con Dios, experimentar su Amor misericordioso, retornar a sus brazos, recuperar su amistad y comenzar una nueva vida. “El sacramento de la confesión trae al hombre la alegría de ser perdonado” (San Juan Pablo II).

¿Qué es el Sacramento de la Confesión?

El mismo Jesucristo instituyó el sacramento de la Confesión cuando dijo a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).

“El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26). El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de Misericordia y de Gracia que brota incesantemente del Corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él” (Papa Francisco, Audiencia General, 19.II.2014).

Así, la Confesión se convierte en la fuente de la Misericordia Divina. Las palabras del Señor a Santa Faustina Kowalska fueron: “Cuando tú vayas a la confesión, a esta fuente de Misericordia, la Sangre y Agua que fluyó de mi Corazón siempre fluye sobre tu alma… En el Tribunal de la Misericordia [el Sacramento de la Reconciliación]… los milagros más grandes toman lugar y se repiten incesantemente… Aquí, la miseria del alma se encuentra con el Dios de Misericordia”.

 

¿Cómo puedo hacer una buena confesión?

Ante todo, no debemos tener miedo ni dejar que el posible sentimiento de vergüenza nos impida acercarnos a este Sacramento. Vencer esta dificultad ya es el primer paso para sanar interiormente. El Corazón de Jesús nos sorprenderá con su perdón y su paz.

Los cinco pasos para realizar una buena confesión son:

  1. Examen de conciencia. Pensamos en las faltas que hemos cometido (pensamientos, palabras y obras) desde la última confesión bien hecha. Podemos revisar nuestra vida a la luz de los Diez Mandamientos, las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12; Lc 6, 20-23), las enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4-6) o los pecados capitales.
  2. Dolor de los pecados. Pedimos a Dios la gracia de tener un dolor vivo y profundo de haber ofendido a Dios y tener detestación del pecado. “La contrición es el pórtico del arrepentimiento, es esa senda privilegiada que lleva al Corazón de Dios” (Papa Francisco, Carta 30.V.2014).
  3. Propósito de enmienda. Resolución firme de no volver a pecar. Enmendar significa corregir y rectificar. “Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida […] y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 22-24).
  4. Decir los pecados al confesor. Con sencillez y humildad. La confesión debe ser clara, concreta y concisa (las tres “ces”). “La confesión de los pecados (acusación), incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás” (Catecismo, 1455). El sacerdote nos dará sus consejos y la absolución.
  5. Cumplir la penitencia. Después de la confesión, en cuanto nos sea posible, aceptamos y cumplimos con la penitencia que nos haya impuesto el confesor.

 

¡Jesús te espera!